Al cubo, o lo amas o lo odias

Voy en tren bordeando la Costa del Maresme y empañando la ventanilla. Al otro lado del cristal, la línea del horizonte se ha desvanecido y el cielo y el mar parecen una tela arrugada gris que se despliega desde la arena. Me acuerdo de Truman perforando con su velero el cielo de cartón piedra. Son las siete de la mañana de un domingo y me dirijo a Arenys de Mar para asistir a la final de un campeonato de cubo de Rubik. Busco la cámara oculta que me graba desde alguna posición estratégica del vagón para pedir explicaciones. Pero yo misma he elegido estar ahí y narrarlo. Yo, que no sé sacarle ni una cara monocroma al maldito hexaedro.

De camino leo que el cubo de Rubik es el juguete más vendido de la historia: 400 millones de unidades. Vuestra cara ahora mismo no es ni la mitad de poética que la que debió poner Ernő Rubik cuando, en plena Hungría comunista, se enteró de que el rompecabezas de seis colores que había inventado le estaba haciendo millonario. Solo pudo superarla la de los expertos en marketing que le aconsejaron no comercializarlo aduciendo que era demasiado difícil de resolver y que no le iba a gustar a nadie. En 1974 el tipo, un arquitecto, escultor y diseñador de la Escuela de Artes de Budapest, creó el cubo como un mecanismo que permitía mover las partes componentes sin alterar la estructura básica. Supo que era un rompecabezas cuando después de mezclarlo quiso devolverlo a su posición original. Sudó lo suyo hasta conseguirlo. Y a este sudor, como al cubo, o lo amas o lo odias.

El mundo se divide entre aquellos a quienes nos desquicia desgastarnos las yemas de los dedos probando combinaciones que nunca llegaran a los cuarenta y tres trillones que existen y no acertar a completar ni una línea del mismo color, y aquellos que aceptan gustosamente el reto y se enzarzan en una batalla titánica contra ellos mismos sin contemplar otra posibilidad que la de ganar. Estoy a punto de ver a miembros de esta segunda categoría desenvolverse en su hábitat natural. El Calisay Open se celebra a lo largo del fin de semana del 12 y 13 de febrero. Es heredero del primer torneo mundial que organizó el Libro Guinness de los Récords en Múnich el 13 de marzo de 1981, cuando la chifladura por el cubo de Rubik alcanzaba cuotas máximas. Hacía un año que se había presentado en las ferias internacionales de juguetes y que había dejado de llamarse cubo mágico. Se han inscrito 73 personas en el campeonato, pero hoy solo quedan los mejores. Leo en la web que es una competición oficial que se rige por el reglamento de la WCA (la World Cube Association) y me siento intimidada por la seriedad con la que juegan. 

El campeonato tiene lugar en el primer piso del Ateneu Arenyenc que queda a tres minutos andando de la estación. Al final de las escaleras, un hombre con un parecido más que razonable al gigante de Twin Peaks que vende merchandising del cubo de Rubik me da la bienvenida a una sala decorada por David Lynch. Sobre un parquet zigzagueante hay colocadas filas de sillas rojas que miran hacia seis mesas revestidas con telas de los colores del cubo. Todas tienen dos cronómetros que funcionan con sensores. Al fondo está el escenario rojo y plateado con más mesas y sillas encima. Las telas abombadas del techo recuerdan al interior de una carpa de circo. Todos los colores del cubo se reflejan en la bola de discoteca que corona la sala.

Está prácticamente vacía. Me siento prudencialmente en la segunda fila, pero a los pocos minutos me canso de que no pase nada. Delante de mí, una mujer le recomienda a un hombre que no ha podido dormir bien por culpa del ruido que pida una rebaja del precio en la recepción del hotel donde se aloja. Me levanto y le pido permiso para sentarme a su lado. Accede pero me advierte de que me tendré que ir cuando vengan las otras mamás. Cuando le digo que estoy allí para cubrir el campeonato para Código Nuevo, se le iluminan los ojos. Es la abuela de Berta, la campeona europea de Blindfold, la modalidad de resolver el cubo a ciegas con una memorización previa. Recuerdo su nombre de la web del evento, donde figura como organizadora junto a otros dos chicos. No es la primera vez. Tiene quince años y ya ha organizado dos campeonatos en la Facultad de Matemáticas de Barcelona. También ha salido en la tele sin presentarse a ningún casting. Los de Got Talent la llamaron a ella. Olga, su abuela, la acompaña a todos los campeonatos y acoge en su casa a sus compañeros de hazañas. Estas proezas me las susurra porque en el escenario está teniendo lugar una de las pruebas a ciegas: Multiblind, el máximo número posible de cubos memorizados y resueltos a ciegas en una hora. Berta ha decidido no participar, está ejerciendo de jueza.    

La siguiente prueba inaugura el ruido. Es la final de Pyraminx, el rompecabezas en forma de tetraedro. Siento tambalearse mis nociones de matemáticas aprendidas en primaria. Leí que que había varios cubos, pero no cubos que son pirámides. Los competidores se sientan en las mesas que hay en la pista y otros competidores les traen las pirámides mezcladas para que las resuelvan en el menor tiempo posible. Veo sus caras de cerca. La mayoría son muy jóvenes, incluso niños. Pero aquí no detecto a padres que descarguen sus frustraciones sobre sus hijos. Ninguno insulta al Delegado que está ahí como representante español de la WCA porque su hijo no ha hecho una buena marca. Veo a padres con camisetas con el cubo estampado y a madres que comentan la jugada.

Los competidores se arremolinan alrededor de Berta. Me cuenta que se está preparando para el campeonato mundial en París. Entrena dos horas diarias y está probando nuevos algoritmos para resolver el cubo más rápido. Primero memoriza las esquinas y luego las aristas y resuelve primero las aristas y luego las esquinas. Discute con los demás sobre su método. Me presenta a Dario, el campeón de España del cubo de Rubik, y a Álex, que atesora el récord de España con los pies. No me atrevo a pedirle que se descalce. Se exasperan intentado explicarme cómo hacer una cara. Y entonces se me ocurre preguntar cómo han resuelto el cubo. Todos han acudido a los tutoriales de youtube. Siento una leve punzada de decepción que debería darme vergüenza. Me dicen que hay alguien que supo resolverlo solo. Es el hombre que vende merchandising. Se llama Pedro y estuvo allí cuando se desató la locura. Entonces no había youtube y tuvo que desmontar y montar el cubo hasta entender cómo funcionaba. En su casa tiene una colección de más de mil cubos de Rubik.

Las pruebas a ciegas devuelven el silencio a la sala. Nada puede distraer a los competidores mientras memorizan. Antes de volver a competir, Berta repasa una libreta de letras y colores. Coge los cascos aislantes y el antifaz de gato que guarda en su maleta y se sienta delante de su abuela. Se pone los cascos, pulsa el cronómetro, destapa el cubo, lo memoriza, se baja el antifaz y lo resuelve. Sus dedos se deslizan por las piezas hasta devolver a cada cara su color. Vuelve a pulsar el cronómetro para detener el tiempo, pero lo hace tan fuerte que lo desconecta. Su abuela está allí para consolarla.

Por las mesas pasan competidores que resuelven el cubo con una mano y con las dos en menos de diez segundos, pero quiero ver la final a ciegas. Las esperas se eternizan y el ruido de los engranajes me está perforando el tímpano. Me acompañan un grupo de hombres con boinas y bastones que han cambiado el dominó por este espectáculo marciano. Berta se lleva el oro en las tres competiciones a ciegas en las que ha participado. La distancia con los demás es de muchos segundos e incluso de minutos. Sonríe con las medallas a la cámara de su abuela y continúa poniendo las otras al resto de premiados.

Fotografía: Muriel Campistol Torres

(Artículo publicado originalmente en la web de Código Nuevo el 15 de febrero de 2017.)

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