Viajar gratis por Estados Unidos escondido en trenes de mercancías

Solo un compañero de vagón podría haber capturado con tanta nitidez la velocidad a la que viven quienes cruzan Estados Unidos como polizones de trenes de carga. Mike Brodie (Arizona, 1985) acumuló mugre en la ropa y roña debajo de las uñas durante los más de 80.000 km que recorrió saltando de convoy en convoy a través de 46 estados. Se topó con algún veterano de guerra, pero la mayoría de viajeros eran chavales que después de un tiempo viviendo sobre raíles remendaron sus harapos y abandonaron su condición de nómadas. Más parecidos a Jack Kerouac que a Huckleberry Finn. Él era uno de ellos. Consciente de que algún día esos trenes se detendrían o ellos se bajarían, no levantó el dedo del disparador y fotografió todo hasta la extenuación. Después de cinco años, colgó la cámara, fue a la universidad y ahora arregla motores diesel en Oakland, California.

A los 17 años, Mike Brodie saltó por primera vez a un tren en marcha en Pensacola (Florida) para visitar a un amigo que vivía en Mobile (Alabama). La idea la sacó de la canción Trains and Cops, de la banda This Bike is a Pipe Bomb, a la que vio en concierto durante su cita a ciegas con Savannah, una chica punk. El tren al que se subió iba en dirección a Jacksonville, Florida, por lo que estuvo tres días ingeniándoselas para volver al lugar de donde había partido. Cinco fotos sacadas con una Polaroid SX-70 que una amiga le había regalado son la única prueba del delito. Las dejó en un cajón en casa de su madre y volvió a las vías con la cámara a cuestas: lo habían despedido de un trabajo en el que le pagaban por colocar la compra de los clientes de un supermercado en bolsas y había abandonado el instituto.

Mike y Savannah robaban libros en Barnes y Noble y los revendían por Amazon. Entonces cayó en sus manos un libro de retratos de Steve McCurry, el autor de la fotografía La niña afgana, y él quiso retratar a la juventud sedienta de libertad. De forma autodidacta, aprendió a sacar fotos de los demás polizones, pero también de los veganos con los que vivió en Portland y de los miembros de un grupo de rock undeground de Filadelfia. La mayoría se dejaba fotografiar, muchos eran amigos, algunas fueron novias. Quien miraba por el visor era un igual. También él llevaba el pelo enmarañado y la ropa agujereada. Pero tenía donde volver. Aunque su padre cumplía condena por robo en Arizona, su madre se mantenía sobria gracias a la religión.

Una de las veces que volvió a casa de su madre en 2004, compró un scanner y subió sus instantáneas a internet bajo el seudónimo grafitero “The Polaroid Kidd”. Cuando Polaroid dejó de fabricar película para la SX-70, Mike Brodie se hizo con una Nikon F3. Revelaba los carretes en los servicios 24 horas y cuando regresaba a casa de su madre actualizaba su web. Aquellos vagabundos fotogénicos no pasaron desapercibidos en la red y las ofertas para que adornasen las paredes de museos y galerías llegaron demasiado pronto. Aceptó algunas, pero Mike Brodie acabó cerrando su web. Sin embargo, continuó viajando y haciendo fotos.

En 2009, se pasó diez días entre rejas por cruzar una playa de maniobras en Illinois. Supo entonces que aquello ya no era lo que quería. Siempre consideró la fotografía un hobby. El tiempo en las vías le había permitido juntar 8000 fotos que atestiguan la intimidad de quienes viajaron juntos a la intemperie. Una cuidadísima selección salió publicada en dos libros, A Juvenile Prosperity y Tones of Dirty and Bone. La mayoría de las fotos se sacaron a la luz del alba o del ocaso, con vastísimos paisajes de fondo y singulares sujetos en primer plano. No hay maquillaje, pero sí un romanticismo que Mike Brodie considera intrínseco a la experiencia.

Fotografía: Mike Brodie

(Artículo publicado originalmente en la web de Código Nuevo el 13 de enero de 2017)

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